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DEVANEOS

Un día de sol brillante

Un día de sol brillante

Era un día de sol, brillante, agradecido, Ricardito, salió como todos los días a buscarse la vida, hoy recogería carbón de la vía , pues pasaba el tren a Bilbao , con los vagones llenos, rebosantes,... eso y las tetas de la tía Blanca era lo único que rebosaba por aquella época de penurias, hambre y picardía.

Había quedado toda la pandilla de la calle la Unión en las afueras del barrio cerca de la estación vieja, todos venían preparados con sus trapos y cajas de cartón para recoger la carbonilla y venderla después de estraperlo para sacar unas perricas.

Era emocionante, Ricardito, Canito, Manuel y Pedro se repartían la tarea, los más agiles subían a la vagoneta cuando esta paraba en la estación y tiraban la virutas de carbón a la vía, mientras los otros las recogían en sus atillos y corrían, corrían  sin mirar atrás.

.- ¡Suficiente, vámonos!

Como siempre salieron corriendo pero de pronto se oyó un grito

.- Parar, ¡me he quedado enganchado!

Canito se engancho el jersey que le hizo su madre, con restos de lana viejos,, en la verja metálica,  al oír el grito el guardia salió de la caseta  gritando ¡Alto! ,¡Alto!.

Ricardito se giró y vio a su amigo paralizado, blanco como la nieve, con  cara de espanto, soltó el carbón y fue en su ayuda, tiró del jersey con fuerza, dejando a Canito, semi desnudo, era el único gordito del grupo, su madre trabajaba en la carnicería del barrio y comia tajos bajos una vez a la semana. Se quedó con sus  michelines al aire, que frescor, que alivio !con lo que picaba ese jersey!.

.- ¡Altoooo! , ¡Malditos rojos! .

.- ¡Corre Canito!

Llegaron hasta el canal, se desnudaron, hicieron un atillo con la ropa y se colgaron los zapatos, con los cordones al cuello, fueron nadando hasta la otra orilla.

.-¡Que susto! -dijo Canito

.- ¡Casi nos pillan! ja, ja, ja.

.- Bueno vamos a buscar a los otros.

.-Espera un poco, aquí se está bien ,vamos a secarnos un rato.

Hacia buena mañana, el sol calentaba la espalda.

Las tripas comenzaban a rugir, el susto y el baño les abrió un gran agujero y  la boca del estómago les pedía comida.

Unos metros más atrás estaba el huerto del "tío ramas", dicen que cantaba las jotas mejor que el propio Fleta.

Entraron al huerto y pillaron unos tomates.

Les faltaba un poco para estar maduros, pero era todo un lujo, se los comieron  como si hubieran sido los primeros que probaban en  su vida.se tumbaron al sol y a Canito le empezó a preocupar lo que  le diría su madre del jersey.

Decidieron ir en busca de los otros,que como de costumbre estaban en la plaza jugando a las canicas.

.-¿Qué ,habéis colocado la carbonilla?

.- Si se la hemos vendido al trapero por 12 perricas, aquí está vuestra parte.

.-Canito vete a casa, tu madre ha preguntado por ti.

.- ¿Pero dónde te has metido? ¿Dónde está el jersey? ¿Qué haces medio desnudo por la calle?

Antes de poder contestar ya había recibido un cachete. Canito le explicó lo ocurrido y le dio las perricas a su madre, la cual enfadada , al verlas esbozo una sonrisa compasiva, le dio un beso en la frente y le dijo;

 .- No te preocupes hijo tengo lanas para hacerte un jersey para el próximo invierno por ahora apáñate con el de tu hermano,(el cual era más grande y picaba menos).

Todos se fueron contentos a casa, Ricardito "el apañao" que así le llamaban en el barrio, les repartió unos tomates y se despidieron hasta el día siguiente.

Había sido un día de sol brillante, agradecido.... 

Carmen Castán

 

1 comentario

Luis Teódulo -

Hasta que he dado con tu blog, maña mía, ha sido un mundo. Tu hermanita despistada - vamos a llamarla V.- me hablaba de devaneos, sí, pero me decía blog en vez de blogia.

Ese Ricardito, maja, es el que yo me imagino, que luego fue el porterazo de fútbol? Pues no ha llovido desde entonces...

A ese Ricardito que tú llamas, cuando yo tenía 8 años, lo observaba detrás de la portería en el campo de La Platera. Anda, que no hacía cierzo y frío en aquel campo, se nos caían los mocos por las narices. Pero aquel portero nos tenía hipnotizados a los pequeños. Cuando tiraban los corners en su portería, avisaba: ¡Que vooooy¡
Y claro que iba. Un corpachón gigante, un terremoto humano avasallaba a todo jugador que se ponía por delante, fuera amigo o enemigo, lo mismo daba. Y es que aquel Ricardito que yo recuerdo era mucho Ricardo ya.

Sólo abrazarte en este primer encuentro, que ya voy dormido. Pero me ha gustado esta historia mucho.
Otro abrazo a L.