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Tejidos y confesiones 5ª parte

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Debía tener 4 o 5 años. Todas las mañanas las palomas me despertaban con esos sonidos quejumbrosos  que emiten (principalmente en tu ventana, cuando quieres seguir durmiendo). Para mi era el mejor tono de alarma despertador, por cierto, no sé cómo no lo ponen en las aplicaciones de los móviles. Inmediatamente me levantaba  de la cama y me asomaba a la cocina a comprobar que mi madre no se había bajado a la tienda, casi siempre había volado, después de tomarme mi vaso de "vacacao" (Leche de vaca con Colacao). Me apresuraba  a llamar por teléfono a la tienda, para avisar a mi madre de que ya me había despertado, era todo un ritual diario, descolgaba y salía la voz de la telefonista, preguntaba quién era, si era Faustina o Elenita. Me enrollaba rato y rato con ellas, eran encantadoras y guapísimas, si no hubiesen nacido en el pueblo, pensaba que hubiesen llegado a modelos y me las imaginaba dentro del teléfono como metidas en una caja y de tamaño pequeñito como de una nuez, si no, cómo iban a caber ahí dentro. La encargada les echaba la bronca, me pasaban con mi madre y ahí se acabó la conversación.
Una vez fui a visitarlas para comprobar que eran de carne y hueso y me fascinó la centralita de la telefónica: unas mesas con unos paneles  marrones llenos de agujeros y con cables, muchos cables. Desde entonces sé, a ciencia cierta, que si sonríes cuando hablas por teléfono, la persona  con la que hablas, aunque no te vea, lo nota. Subió mi madre a vestirme y me bajé con ella a la tienda. La mañana estaba tranquila y me pase al estanco a buscar a mi amiga Mari Carmen para jugar a la goma en las verjas del Mercantil. Entonces vino "la Salvadora" y me invitó a comer, en su casa, que estaba por  la calle del Cine. Tenía un corral y me  dejaba dar lechuga a los conejos. Después, Antonio, su marido,  como premio si no gritaba al abrir la jaula del conejo, me aupaba para abrir la  tinaja  de la miel y me daba un trocico de panal. Es de los recuerdos mas dulces  de mi infancia, no se ha inventado una golosina mejor, eso sí que era miel…. y no lo de Perico el zapatero. Su cocina siempre olía maravillosamente a pimientos verdes fritos, y siempre me hacía sopa de “Fidedos” que sabía que me encantaba. Siempre se reía cuando le decía lo de “los Fidedos”. Pasaron años hasta que averigüé que no se llamaban así. De pronto aparecieron mi madre y la Feli con un montón de horquillas y el traje de baturra, ¡horror!,seguro que mi padre había montado algún evento, y yo siempre acababa disfrazada, de baturra o de gitana, en mi pueblo cualquier excusa es buena para que te disfracen. En este caso era la inauguración de un Avión con el nombre de mi pueblo. Comenzaba la tortura:  los tirones de pelo, las horquillas del moño, que te las clavaban hasta las ideas, los alfileres del mantón, que siempre te acaban pinchando, las medias con garbanzos, que también se te clavaban, los calzones almidonados, que te apretaban las cintas a la pantorrilla hasta que casi te la gangrenaban para que se viese bien el lazo... Y cuando ya acababan, no podías ni rascarte la nariz de lo apretada que te habían puesto. Entonces oías la maravillosa palabra SEFINI que era se acabó en cariñeno-francés. Me monté en el coche con mis padres con la sensación de que abrazaba un puercoespín y tras una hora de viaje... aterrizé en el Aeropuerto.

21/08/2014 14:19. Autor: Carmen Castan #. Relatos breves Hay 2 comentarios.


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